miércoles, 14 de febrero de 2018

Quevedo

Amor constante, más allá de la muerte


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

más no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán cenizas, más tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.



Francisco de Quevedo
(1580-1645)




sábado, 20 de enero de 2018

La "Armada Invencible" y la Calzada de los Gigantes



La Calzada de los Gigantes es un paraje natural situado en el condado de Antrim, en la costa norte irlandesa. Su singular aspecto se debe a la cristalización de la lava volcánica en columnas de basalto hexagonales. Este lugar geológico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986. Su nombre proviene de la tradición oral irlandesa, según la cual dos gigantes que vivían uno aquí y otro en Escocia, habrían construido esta pasarela para poder pelearse, pues el tamaño de ambos hacía imposible que ningún barco aguantase su peso. Existen formaciones rocosas análogas en Final’s Cave, Escocia, a 14 millas cruzando el mar.

Cerca de aquí naufragó el galeón español Gerona el 30 de octubre de 1588. En él se hacinaban 1500 hombres procedentes del hundimiento de otros navíos de la “Armada Invencible”. En mayo habían zarpado de Lisboa 130 barcos y 30.000 hombres procedentes de los tercios de Flandes. Entre el 16 de septiembre y el 26 de octubre, 25 de ellos naufragaron en estas costas.

El romanticismo del XIX pintó un cuadro amable en el que los españoles fueron socorridos por los nativos, enemigos a muerte de la reina inglesa.

Pero la historia real nunca es bella. Diez mil españoles perecieron en Irlanda, bien ahogados, bien en la soga, bien a hierro. Veinticuatro hombres a bordo del Nuestra Señora del Socorro se rindieron en la bahía de Tralee; fueron inmediatamente ahorcados. En el Condado de Mayo, un mercenario escocés llamado McLaughlan asesinó a 80 extenuados náufragos. 72 supervivientes más fueron ejecutados en la ciudad de Galway. Matanzas semejantes tuvieron lugar en las islas de Mutton y Clare. En Donegal, 560 hombres a las órdenes de Alonso de Luzón se toparon con una columna de caballería. Tras varios enfrentamientos, les prometieron seguridad si se rendían. Los masacraron en cuanto entregaron las armas.

En la Biblioteca Nacional de Dublín existe una gran cantidad de literatura sobre los naufragios de la «Spanish Armada». Un nombre aparece repetidamente: Francisco de Cuéllar, capitán del San Pedro, náufrago en Sligo, quien escribiera su aventura: la “Carta de Francisco de Cuellar”, publicada en Londres en 1885. El manuscrito permaneció escondido trescientos años en la Real Academia de la Historia. En 1884 lo rescató el Capitán Cesáreo Fernández Duro y desde entonces ha sido objeto de constantes reediciones anglosajonas.

De 1.200 hombres que viajaban con Cuéllar sobrevivirían apenas 300. Fueron despojados de cuanto tenían. Él mismo sería herido y desnudado por los nativos. Aun así, tuvo suerte. La región estaba infestada de soldados ingleses. Temerosos de que los españoles alentaran una rebelión, las órdenes eran matarlos allí donde los encontraran y castigar con la misma suerte a cualquiera que les cobijara. Cuéllar describió a los nativos como paupérrimos salvajes. «Su naturaleza es la de bestias en medio de las montañas». «Viven en chozas de paja y duermen en el suelo». A pesar de la religión común que les trajera San Patricio en el año 432, es lógico imaginar que una población tan pobre viera en los ricos españoles un inesperado regalo. Cuéllar escapó de Crange hacia Castletown, al Este, buscando la protección de O'Rourke de Leitrim, caudillo local que acogió a los españoles y pagaría su delito con la vida: fue ahorcado en Londres en 1590. Recuperado de sus heridas, el capitán marchó hacia el norte bordeando el Lago Melvin que separa los condados de Leitrim, Donegal y Fermangh.

En Portrush, Irlanda del Norte, condado de Antrim, está el impresionante castillo de Dunluce. Colgada sobre un acantilado, la fortaleza parece inexpugnable. Al otro lado de la carretera están las ruinas de la iglesia de Cuthbert's. Se supone que ahí está enterrado el bravo Alonso Martínez de Leyva, capitán de La Rata Encoronada, quien después de naufragar en el condado de Mayo mantuvo unidos a 600 españoles en territorio enemigo. El Gobernador de Connacht, Richard Bingham, quien tan eficaz se había mostrado en las ejecuciones de náufragos desarmados, rehusó el enfrentamiento.

Leyva acampó cerca de la bahía de Killybegs durante nueve días, hasta que apareció el maltrecho Gerona. El barco fue reparado y a mediados de octubre zarpó con 1.300 hombres. Un vendaval castigó el sobrecargado navío, hundiéndolo en Lacada Point, en el turístico Giant's Causeway, cerca de Dunluce Castle. Fue el último barco español hundido en Irlanda. La leyenda cuenta que sólo nueve sobrevivieron. Sus restos se descubrieron en 1966 y descansan hoy en el Ulster Museum de Belfast.
Cuéllar llegaría poco después de este desastre y daría cuenta de él en su carta. También contó que durante su estancia «socializó» con algunas mujeres locales, lo que quizá podría explicar algo del mito de los «black irish». Con la ayuda del Obispo de Derry, escapó a Escocia y de ahí a Holanda. No fue el final de sus penalidades. Su barco fue bombardeado por los holandeses en cuanto lo avistaron. Otra vez náufrago. Además, doscientos setenta españoles fueron asesinados ante sus ojos antes de que pudiera ponerse a salvo y escribir su carta a Felipe II.


http://www.tsc.com.ar/notacomp.php?id=775



sábado, 23 de diciembre de 2017

Fandango. Boccherini


Luigi Boccherini
(Lucca 1743 - Madrid 1805)

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