miércoles, 17 de septiembre de 2014

domingo, 17 de agosto de 2014

El dogma de la incompetencia

La firme convicción de que el Gobierno no puede hacer nada útil —una creencia dogmática en la incompetencia del sector público— es ahora una parte fundamental del conservadurismo estadounidense, y es evidente que el dogma de la incompetencia ha hecho imposible que los asuntos políticos se analicen de forma racional.

No siempre ha sido así. Si nos remontamos dos décadas, por ejemplo, el famoso memorando de 1993 de William Kristol que instaba a los republicanos a destruir el plan sanitario de Bill Clinton advertía explícitamente de que si se ponía en práctica el Clintoncare, era muy probable que acabase considerándose un éxito, lo que a su vez “sería un mazazo para los argumentos republicanos que abogan por reducir la intervención gubernamental como forma de defender a la clase media”. Así que era crucial asegurarse de que esa reforma nunca se hiciese realidad. En la práctica, Kristol estaba diciéndole a la gente de su propio partido que la historia de la incompetencia gubernamental es algo que uno les vende a los votantes para que apoyen las bajadas de impuestos y la liberalización, no algo en lo que uno mismo crea necesariamente.

Pero eso era antes de que los conservadores se retirasen del todo a su propio universo intelectual. Fox News aún no existía.

Ahora es diferente. Resulta difícil pensar en alguien de la derecha estadounidense que se plantee siquiera la posibilidad de que Obamacare pueda funcionar o, en cualquier caso, que esté dispuesto a admitir esa posibilidad en público. En vez de eso, hasta los supuestos expertos siguen vendiéndonos historias imposibles sobre un desastre inminente después de que su verdadera oportunidad de detener la reforma sanitaria haya quedado atrás, y venden esas historias no solo a los catetos, sino también los unos a los otros.

Y seamos claros: aunque haya sido divertido ver a la derecha aferrarse a sus fantasías sobre la reforma sanitaria, también da miedo. Al fin y al cabo, esta gente sigue teniendo una capacidad considerable de causar daños políticos y, cualquier día de estos, podrían reconquistar la Casa Blanca. Y uno no quiere, por nada del mundo, tener ahí a gente que niega los hechos que no les gustan. Es decir, gente que podría hacer cosas impensables, como declarar una guerra sin un buen motivo. Ah, ¡esperen!
PAUL KRUGMAN - El dogma de la incopetencia











jueves, 17 de julio de 2014

La pérfida Albión

Soldados del Corpo Truppe Volontarie durante la batalla de Guadalajara


El 17 de julio de 1936 ya se tuvo noticia del torpe inicio en Melilla de un golpe militar contra la República. El 18, las asonadas se habían multiplicado en la península, triunfando en algunos lugares y siendo neutralizadas en otros. 

El lunes 20, el primer ministro de FranciaLeón Blum, se encontró un telegrama abierto al llegar a su despacho. Era del nuevo primer ministro de la República, José Giral, y en él le pedía armas y aviones. Como ese miércoles Blum viajaba a Inglaterra, puso en marcha cuanto antes un plan de ayuda. Al llegar a la habitación de su hotel en Londres, tuvo la visita de Pertinax, un periodista, que le preguntó de inmediato si Francia iba a proporcionar armas a la República. Blum contestó que sí. Su interlocutor le dijo entonces que eso no estaba bien visto en el Reino Unido. Unos días después, cuando se disponía a regresar a París el viernes 24, Blum recibió otra visita. Esta vez fue a verlo el secretario del Foreign Office, Anthony Eden. Le repitió la misma pregunta; Blum contestó que sí, que ayudarían a la República. Edenentonces le pidió solo una cosa: “Os ruego que seáis prudentes”

Azaña en su Memoria de guerra escribió: “Lo que creo es que con Inglaterra no podemos. Contra la agresión italiana y alemana, todavía nos defendemos. Pero contra Inglaterra no podríamos, sin necesidad de que Inglaterra tome parte directa en la contienda. Le bastaría la acción diplomática, en la que arrastraría a todos, sin exceptuar a Francia”. Fueron, efectivamente, suficientes sus iniciativas diplomáticas, y arrastró a Francia. A finales de agosto, prácticamente todos los países europeos firmaban el Acuerdo de No Intervención. Luego se pondría en marcha un Comité, y un subcomité, y se desplegarían en el Mediterráneo unas patrullas de vigilancia. Al final de todo, el invento resultó una farsa que favoreció a Franco y a los suyos. La República fue abandonada a su suerte

La ayuda italiana y alemana fue esencial para el bando franquista, llegó en momentos decisivos y en abundancia, y se facilitó a crédito. Tropas, aviones, armas, información, entrenamiento. La República sólo encontró ayuda en la Unión Soviética. Eso sí, pagando rigurosamente y sin tener nunca la seguridad del momento en que podría disponer del material recién adquirido.

Conforme el conflicto evolucionaba, al Reino Unido le interesaba cada vez más que no influyera en su política de alianzas y, como pretendía obsesivamente seducir a Italia para apartarla de Alemania, estaba dispuesta a permitirle hacer lo que quisiera en España. Anthony Eden todavía quiso aparentar cierta firmeza ante la abierta intervención en España de las potencias fascistas, pero dimitió en febrero de 1938. “El 16 y 17 de marzo la aviación italiana, por orden expresa de Mussolini, realizó sobre Barcelona los mayores bombardeos sobre una ciudad conocidos hasta el momento”, explica Moradiellos. El 13 de junio se cerró la frontera francesa, con lo que la República no pudo contar con las pocas “facilidades” que Francia le otorgó para que le llegaran las armas que venían de la Unión Soviética.
  
“…a fin de garantizar la seguridad de la base naval de Gibraltar (punto clave en la ruta imperial hacia la India) y de los cuantiosos intereses económicos británicos en España (el 40 por ciento de las inversiones extranjeras en España eran británicas), el gobierno del Reino Unido decidió inmediatamente adoptar de hecho una actitud de estricta neutralidad entre los dos bandos contendientes. Una neutralidad tácita que significaba la imposición de un embargo de armas y municiones con destino a España, equiparando así en un aspecto clave al gobierno legal reconocido (único con capacidad jurídica para importar ese material) y a los militares insurgentes (sin derecho a importar armas hasta que no fuesen reconocidos como beligerantes mediante una declaración de neutralidad formal y oficial). Por eso mismo, se trataba de una neutralidad benévola hacia el bando insurgente y notoriamente malévola hacia la causa del gobierno de la República

Enrique Moradiellos. La perfidia de Albión (Siglo XXI, 1996)El reñidero de Europa. Las dimensiones internacionales de la guerra civil española (Península, 2001)

El público prefiere...